Carta a mis alumnos: a los que lo fueron, a los que lo son y a los que lo serán.

Publicado: noviembre 15, 2015 en Uncategorized

Carta a mis alumnos: a los que lo fueron, a los que lo son y a los que lo serán.

No es fácil hacer entender a un grupo de adolescentes que la asignatura de Historia es para ti una de las piezas clave que puede hacer cambiar nuestra manera de ver el mundo, y porque no, incluso de cambiarlo.

Pero abandonando sueños, utopías o distopías, es tarea ardua hacer comprender que acontecimientos que ocurrieron hace cientos de años tienen innegables consecuencias en sus día a día. En como visten, en su forma de pensar, en sus hobbies, en su manera de comprender la política, en su actitud para enfrentarse a la vida o a los estudios, o hasta en si se escurren en la silla para delegar toda posibilidad de conocimiento.

Por eso, hoy me vais a permitir detenerme en uno de mis episodios favoritos a la hora de enfrentarme a una clase que se aburre de escuchar viejas historias, y que cuchichea a tus espaldas o no, cuando te pones delante de la pizarra. La Ilustración, ésa que me hace pasear por la clase mareándolos con el razonamiento cartesiano, Montesquieu y la importancia y calado de El espíritu de las leyes, el Contrato Social de Rousseau y otros tantos… . Ésta supuso un cambio en la mentalidad de la sociedad europea. Acuciada por la miseria que suponía no sólo no tener nada que llevarse a la boca y no tener nada que perder, sino también el hambre de una burguesía a la que se le cortaba las alas de la participación política, y que encontró la traducción de su indignación en la calle con los cuadernos de quejas que se multiplicaban en Francia criticando el precio del pan. Y que aludiendo a que ellos eran la verdadera Nación, cabreo mediante, castigarían las mismísimas entrañas de Versalles. Es decir, hasta el mismo corazón de la sorda cerrazón de unos pocos privilegiados temerosos de que les tosieran.

Por decirlo de alguna manera, la Ilustración supuso la llama que llevó al necesario incendio de la Revolución Francesa, que no hizo sino quemar de manera lenta pero inexorable los resortes del Absolutismo, y avivó un sueño democrático que se forjó a base de no pocas muertes hasta el mismo siglo XX en nuestro continente. Y como herencia, su luz nos legó el derecho natural, a la vida, a la propiedad, a la libertad de pensamiento, de prensa o de credo, logros que aún permanecen y que no podemos permitirnos el lujo de perder.

Y en éstas, cuando uno anda metido en como enganchar la atención de los alumnos estalla todo.  “Ayer” fue una cadena de atentados en París, la misma semana en el Líbano, a diario en Siria, Afganistán o Nigeria… son esas puñaladas a la humanidad las que siguen construyendo un muro invisible entre la razón y la barbarie. Pero, ¿por qué?.  Lo hacen por voz de la manipulación que sólo el integrismo religioso es capaz de utilizar para manejar las mentes de los brazos ejecutores de las fechorías que les dictan. Nunca tuvieron esa Ilustración que iluminó Europa, aparcaron los ensayos de René Descartes y enclaustraron su capacidad de dudar. Nadie les otorgó ese privilegio porque se negaron a aprenderlo. Abrazaron el dogma de un Dios sanguinario y justiciero, que otros tantos musulmanes no reconocen. Muchos crecieron con la ceguera que la pobreza, el desarraigo y la radicalización impone hasta el hecho de no otorgar ningún valor a lo más precioso que tenemos, la vida. Y que ante la ausencia de todo lo que nos agarra de algún modo a ésta, les hace encontrar tan solo un camino entre esas tinieblas que han sido capaces de hacer un poco más tenues la emblemática París en una triste noche de noviembre, la muerte.

Siempre que alguien atenta contra la libertad de un ser humano, o contra los cimientos de ese pueblo sobre el que se construyó el ideal democrático de la Europa moderna, se debe responder con la misma carta de perseverancia de protección de estos principios. Son éstos los que permiten que discutamos en torno a un café sobre política, que exista igualdad de oportunidades, de derechos y de deberes, los que dejan al fin y al cabo que un ciudadano como yo escriba un artículo como éste, o algo tan cotidiano como que una persona como tú vaya en camiseta de tirantes en verano,  que veas una cofradía de Semana Santa, e incluso que tengas la absoluta libertad de  ignorarla. Por eso, pido a mis alumnos, que cada vez que sientan la tristeza ante el terror, la rabia contenida, o la estupefacción por la sinrazón, acudan de nuevo a releer la vida de los enciclopedistas, de los ilustrados, a volver sobre las páginas que a la maltrecha Europa en que vivimos  regalaron aquel grupo de filósofos y el pueblo de Francia. Y que aprendan, como yo lo hago cada día, que esos valores y principios merecen el mayor de nuestros esfuerzos. 

Que nunca mueran.

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